La templanza

Qué iba a saber él, un minero arruinado, de lo que era o fue Cádiz, y de lo que a lo largo de los siglos aconteció por sus calles y se trasegó en sus muelles. De lo que se habló en sus tertulias y se ventiló tras las casapuertas y en los escritorios y en los consulados; de lo que se defendió desde sus murallas y sus baluartes, de lo que se juró en sus iglesias, del temple con el que se resistió en tiempos adversos y de lo que se embarcó y desembarcó en los navíos que hicieron la carrera de las Indias una vez y otra vez y otra vez. Qué iba a saber él acerca de esa ciudad y ese mundo si hacía décadas que ni hablaba ni pensaba ni sentía como un español; si su esencia allá por donde pisara no era más que la de permanente extranjero, una pura ambigüedad. Un expatriado de dos patrias, el hijo de un doble desarraigo. Sin pertenencia firme en ningún sitio y sin un hogar en plena propiedad al que volver.

La templanza, María Dueñas

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