Moving into the reading challenge

Mientras sigo enganchadísima a Juego de Tronos, estoy intentando intercalar entre tomo y tomo un poquito de variedad literaria.

Así es como llegó a mis manos Las tres bodas de Manolita, de Almudena Grandes. Una novela que quería leer desde hacía tiempo pero que no había encontrado el momento.

Todo español debería conocer algo mejor el lado más humano de la guerra civil. Los testimonios que llegan a mi generación sobre la misma son más bien escasos: alguna batallita de nuestros abuelos algo desteñida ya por el paso del tiempo, un par de clases de historia en bachillerato y El Gernica para los que estudiaron arte o visitan el Reina Sofía. Quizás lo más humano son las breves biografías de escritores y artistas que fueron asesinados o tuvieron que buscar el exilio durante la propia guerra civil o los años que siguieron. Demasiado poco, en cualquier caso, para el mayor punto de inflexión en la historia de nuestro país, que define nuestro presente y que aún escuece en las memorias de muchos.

Para los que las narraciones más puramente históricas son algo arduas, nos queda la atractiva alternativa de novelas como esta. Tan fielmente documentada que la piel se pone de gallina cuando la autora da nombres, apellidos, fechas y lugares de las personas que hay detrás de cada personaje. Héroes y antihéroes de carne y hueso que fueron poco más que peones en un juego de poderes que incomprensiblemente duró más de lo que nadie podía imaginarse. Que sobrevivieron gracias a su valor. O a su cobardía. Golpes de suerte, principios y morales (in)quebrantables, perseverancia y sacrificio.

Tachamos por tanto ‘Libro de más de 500 páginas’, ‘Libro de un autor que me encanta y todavía no he leído’. A puntito a estado de caer también ‘Libro que me ha hecho llorar’, pero al final la emoción a flor de piel de algunas partes no han conseguido liberar ninguna lágrima.

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Feliz Navidad.

Para este año, una felicitación navideña bittersweet de la mano de Almudena Grandes, que emociona nombrando a todos los pequeños héroes del año y también se acuerda de los que merecen más bien poco. Feliz Navidad.

A los que luchan por la dignidad de todos. A los huelguistas de la sanidad pública, a los combatientes de la marea verde, a los investigadores y científicos que no quieren emigrar, a los trabajadores de Canal Nou, a los de Telemadrid, a todos los periodistas que no han renunciado a su oficio, a los voluntarios que paran los desahucios, a los jueces que se niegan a que la justicia se convierta en un privilegio, a los farmacéuticos que se saltan la ley a la torera, a los que trabajan gratis en cualquier sector para mantener en pie los servicios que este Gobierno está arrebatando a los ciudadanos cuyos intereses debería proteger, a los que se movilizan, a los que se indignan, a los que protestan por ellos y por los demás.

A los pequeños héroes de la vida cotidiana. A los pensionistas que mantienen a sus hijos en paro con una pensión raquítica. A los abuelos que esta noche cenarán una tortilla francesa para que sus nietos no se queden sin juguetes. A las cocineras que harán milagros con el dinero que hace poco se gastaban sólo en turrón. A los que cantan y bailan con un sapo atravesado en la garganta. A los que van a contribuir a encender las luces de sus casas con la miseria que cobrarán el 8 de enero por veinte días de trabajo temporal, sirviendo mesas o empaquetando regalos. A los que recuerdan Navidades mucho más pobres, y se extrañan de que éstas nos den tanto miedo.

A los que lo están pasando mal. A los que no tienen trabajo, a los que no ven la luz, a quienes no duermen por las noches, a quienes sienten que les han robado el futuro. A todos ellos, cualquiera que sea el significado de esas palabras en este año maldito, feliz Navidad. A los demás, no. A los culpables, a los corruptos, a los indiferentes, a los insolidarios, a los mentirosos, lo único que les deseo es que se intoxiquen con una ostra justiciera. Ojalá.