Boston, ciudad en boca de todos tras los atentados del pasado 15 de abril, es un oasis del conocimiento para ingenieros y científicos.
Subirse a la línea roja del metro de Boston, que va desde el centro hasta la Universidad de Harvard y al Massachusetts Institute of Technology (MIT), no tiene demasiada gracia. Vagones correctos para los estándares americanos y muy cutres para los europeos que se abarrotan en hora punta como en todas partes, y donde la gente viaja reconcentrada en sus asuntos como en todas partes. Solo una cosa cambia: los anuncios. Para empezar, las empresas todavía quieren contratar gente y, por lo que piden, no parecen muy interesadas en el currículo ni en las cartas de recomendación del candidato. Veamos: “Si eres capaz de resolver esta ecuación, llámanos”, dice un cartel que muestra una fórmula infinita y de resolución imposible para buena parte del género humano. “Si puedes mejorar esta línea de código, llámanos. Te contratamos”, reza otro. En ambos se dejan los números de teléfono sin más protocolo ni misterio. […]
En los laboratorios, los estudiantes también encuentran algo más que equipos de última generación y compañeros tan superdotados como ellos. “Se llama meritocracia, y no es exclusivo de Cambridge, pero este es un sitio donde es habitual reconocer al que más aporta y hacerlo muy rápido. No hay derechos adquiridos. La gente que ha llegado a lo más alto tiene que seguir generando valor para mantenerse ahí. No se tolera mucho el ‘Yo soy X’ o ‘Yo he llegado aquí hace 20 años’. Ya puedes ser PHD [doctor]. Da igual. Todo el mundo te va a preguntar cuál es tu trabajo, cuál es el impacto de tus publicaciones. Hay una meritocracia muy activa, y eso fuerza a todo el mundo a mantenerse en movimiento”. […]
La logística combinada con “una política migratoria inteligente”, que, según Graham, consiste en captar a los mejores allá donde estén y becarlos, acaba de redondear la fórmula. Si en Harvard las matrículas cuestan una fortuna y el ambiente es elitista, en el MIT más del 50% de los estudiantes son hijos de personas que nunca han pisado la universidad (el 61% de los no graduados recibió una beca en 2013). Si en Harvard se reciben muchas donaciones de los exalumnos, en el MIT se recibe mucho dinero del Gobierno para financiar centros de investigación que sirven a la NASA y al Ejército. “Si llega un chico indio avalado como el mejor en matemáticas de su promoción, el MIT lo beca sin pensarlo dos veces. Se lo pagan todo. Es como un fichaje en el fútbol, que luego se va a amortizar”.
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