Albania es un país que, en el momento más álgido de su fiebre comunista, dejó de lado a Yugoslavia porque no era lo suficiente roja. Se acercó a Rusia y a China, y ante la ausencia de alianzas que le convencieran entre los 60 y los 80 sembró el territorio con 173,371 bunkers (resultando una media de casi 6 por kilómetro cuadrado) ante el miedo de que cualquiera de sus enemigos (el resto del mundo) pudiese atarcarlos, y se inició un periodo de aislamiento que se prolongó bastante más allá de la caída del régimen popular socialista en 1991, ya que los mismos partidos políticos continuaron (y continúan) en el poder.
Hoy en día Tirana es, por un lado, el botón de muestra de toda esta historia del país. Por otro, es una capital europea donde prolifera la cultura, los graffitis y otros movimientos artísticos, la buena cocina y la vida nocturna. Es una ciudad caótica, a veces ininteligible para el turista, pero muy colorida y tremendamente interesante de descubrir. Profesan una admiración sobrenatural tanto por los Mercedes como por los americanos. Y aún hay muchas cosas de las cuales no se puede hablar y que ni si quiera se debe preguntar a los guías turísticos.


