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Innovación, Einstein y pintura europea
Para alimentar mi hambre por el conocimiento, este me de febrero he decidido apuntarme a tres cursos de la plataforma online por excelencia para MOOCS: edX.
El primero, Innovation and Commercialization, del MIT, para ampliar conceptos sobre la innovación aplicada a industria. Es el que antes a abierto y el único que he empezado por ahora, y mis primeras impresiones son el alto nivel de los contenidos (bibliografía, videos, diseño general del programa) y la sorprendente exigencia que destaca sobre otros cursos online que he realizado. Aún me queda averiguar si es cosa de edX o del MIT, pero por primera vez las horas estimadas de trabajo se quedan cortas con la realidad, al menos si el alumno tiene intención de avanzar con cierto detalle por los contenidos.
El segundo, Descubriendo la pintura europea de 1400 a 1800, de la Carlos III. Tiene pinta de ser más ameno y menos exigente, aunque muy interesante para alguien como yo: amante de la pintura, me gusta entender el arte pero mi trayectoria educativa me ha llevado por otros caminos más científicos, con lo cual tengo ciertas lagunas conceptuales. Acaba de abrir, así que aún no tengo primeras impresiones sobre él.
y por último The Einstein Revolution, de Harvard. Un curso breve en apariencia que se inaugurará en un par de días y del cual tengo altas expectativas. En la carrera aprendí ciertos conceptos de la teoría de la relatividad, pero además de expandirlos me interesa sobre todo conocer la contextualización histórica así como el análisis que hagan de los fallos (y muy gordos) que tuvo Einstein en sus teorías.
Boston, el otro Silicon Valley
Boston, ciudad en boca de todos tras los atentados del pasado 15 de abril, es un oasis del conocimiento para ingenieros y científicos.
Subirse a la línea roja del metro de Boston, que va desde el centro hasta la Universidad de Harvard y al Massachusetts Institute of Technology (MIT), no tiene demasiada gracia. Vagones correctos para los estándares americanos y muy cutres para los europeos que se abarrotan en hora punta como en todas partes, y donde la gente viaja reconcentrada en sus asuntos como en todas partes. Solo una cosa cambia: los anuncios. Para empezar, las empresas todavía quieren contratar gente y, por lo que piden, no parecen muy interesadas en el currículo ni en las cartas de recomendación del candidato. Veamos: “Si eres capaz de resolver esta ecuación, llámanos”, dice un cartel que muestra una fórmula infinita y de resolución imposible para buena parte del género humano. “Si puedes mejorar esta línea de código, llámanos. Te contratamos”, reza otro. En ambos se dejan los números de teléfono sin más protocolo ni misterio. […]
En los laboratorios, los estudiantes también encuentran algo más que equipos de última generación y compañeros tan superdotados como ellos. “Se llama meritocracia, y no es exclusivo de Cambridge, pero este es un sitio donde es habitual reconocer al que más aporta y hacerlo muy rápido. No hay derechos adquiridos. La gente que ha llegado a lo más alto tiene que seguir generando valor para mantenerse ahí. No se tolera mucho el ‘Yo soy X’ o ‘Yo he llegado aquí hace 20 años’. Ya puedes ser PHD [doctor]. Da igual. Todo el mundo te va a preguntar cuál es tu trabajo, cuál es el impacto de tus publicaciones. Hay una meritocracia muy activa, y eso fuerza a todo el mundo a mantenerse en movimiento”. […]
La logística combinada con “una política migratoria inteligente”, que, según Graham, consiste en captar a los mejores allá donde estén y becarlos, acaba de redondear la fórmula. Si en Harvard las matrículas cuestan una fortuna y el ambiente es elitista, en el MIT más del 50% de los estudiantes son hijos de personas que nunca han pisado la universidad (el 61% de los no graduados recibió una beca en 2013). Si en Harvard se reciben muchas donaciones de los exalumnos, en el MIT se recibe mucho dinero del Gobierno para financiar centros de investigación que sirven a la NASA y al Ejército. “Si llega un chico indio avalado como el mejor en matemáticas de su promoción, el MIT lo beca sin pensarlo dos veces. Se lo pagan todo. Es como un fichaje en el fútbol, que luego se va a amortizar”.
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