Una de las habilidades transversales que por fortuna o por desgracia incorporamos todos los ingenieros made in UPM es la habilidad de tratar con superiores que abusan de su poder. No son mayoría, tampoco vamos a exagerar, pero ningún ingeniero se titula sin haber sufrido a alguno de estos energúmenos.
Yo hasta ahora he pasado por dos. La primera me impactó de lleno en mi primera convocatoria de primer curso, cuando aún era una ingenua aspirante a mantener su impecable media de bachiller en una ingeniería. No sé en que momento me crucé en el camino de una profesora que decidió odiarme hasta el punto de corregir mi examen dos veces de forma que pudiera bajarme un punto de cada ejercicio hasta llegar al 4 (en la revisión comprobé como las notas de cada apartado estaban tachadas y al lado aparecía una inferior). Confieso que salí del bache y aprendí la lección.
La segunda, muy recientemente, la ha protagonizado un profesor en su último año de docencia (su asignatura se extingue con el cambio de plan). Su forma de llamar la atención ha sido suspender a un 80% de los alumnos unas ridículas prácticas con aportación nula a la nota salvo APTO/NO-APTO. A su juicio, ha habido al menos una entrega de cada uno de nosotros insatisfactoria, con lo cual nos citó de un día para otro para recuperarlas o suspender. Con la mala suerte de que la fecha de recuperación coincidía con mi viaje a Estocolmo. Durante las 24 horas que este personaje no se dignaba a atenderme personalmente ni responder mis emails me derrumbé pensando que se iba a cargar mi viaje, tras comprobar el desproporcionado coste que supondría un cambio de vuelos. Tras muchos ruegos, lloros, justificaciones en papel y asalto tras el almuerzo conseguí que me permitiera realizar la dichosa recuperación un día antes de irme.
Aunque lo he pasado mal, ha sido un tierno recordatorio de que en estas situaciones somos marionetas en manos de profesores con ganas de jugar y entretenerse. Pero enfrentarnos a estas situaciones, por muy impotentes y cabreados que nos haga sentir, aporta más de lo que pensamos. Nadie nos asegura que en unos años no nos vayamos a encontrar con un jefe cabrón y que nuestra mejor estrategia se reduzca a no despertar a la bestia y hacerle la pelota.