Mientras los sucesos corruptos de aquellos que dicen representarnos se multiplican, me he acordado que una conversación que tuve hace unos años con una amiga italiana, concretamente de Sicilia.
Ante su evidente indignación cada vez que salía el tema de Berlusconi, le pregunté cómo era posible que, si la mayor parte de la población italiana estaba en contra de tal personaje, siguiese ganando las elecciones a cavalieri año tras año.
La respuesta fue que, aunque pareciese mentira, aún había un importante porcentaje de población que le idolatraba. Berlusconi cuenta especialmente con el apoyo de los que superan la cuarentena. El resto de la población estaba claramente en contra, pero ante la ausencia de alternativas en el panorama político y la corrupción que desde siempre ha caracterizado a Italia, han elegido el camino de la apatía política. Es más, mi amiga me confesó que los jóvenes que, como era su caso, no soportan que Berlusconi sea su máximo representante, deciden abandonar el país. Cuando llegue el día en el que le echen, se vaya o se muera considerarán la opción de volver, pero hasta entonces continúan su exilio por Europa.
Estoy segura de que a mi historia le faltan muchos detalles, y espero que ningún italiano se sienta ofendida por ella (tan sólo es la versión de una amiga). A dónde quiero llegar es que cada vez me siento más identificada con la situación política que me contó, y cada vez cobra más sentido la opción de irse de España hasta que esto deje de ser un país de risa.