En España no estamos acostumbrados a partidos de la calidad e intensidad como el vivido entre España y Corea en la lucha por el bronce en Londres 2012.
Desde hace unos años, o somos tan cracks que ganamos sin emoción alguna, o en el momento en el que llegamos a un final ajustado no sabemos gestionarlo y lo perdemos. El del otro día fue, por tanto, el mejor partido del que he disfrutado en mucho tiempo. Con sus altos y con sus bajos, todos ellos debidos a la suerte o a la desgracia, pero con los dos equipos a tope y sin bajar la cara en ningún momento del partido. Nervios que daban lugar a fallos inexplicables, así como a reflejos inhumanos. Y prórrogas. Dos prórrogas que casi me provocan un infarto. Todo para desembocar en ese final feliz que tanto nos merecíamos y que tanto costó. Todo para ganar un bronce que sabe como el más grande de los campeonatos. Todo para demostrar por qué las llaman las «guerreras olímpicas».
En el peor momento que ha vivido el balonmano español desde hace décadas, y casi a modo de despedida, las chicas de oro ganaron su partido más importante. Justo ahora, cuando la profesionalidad de la ABF cuelga de un hilo, cuando ni una jugadora extranjera se atreve a llegar a nuestro país y tanto las estrellas consagradas como las dulces promesas dan el salto para jugar más allá de nuestras fronteras. Cuando, para variar, el deporte femenino queda relegado a la ultimísima posición y los medios prestan más atención a la almorrana que le ha salido a Cristiano Ronaldo en el culo que a una presencia española en competición europea. En este preciso instante han llegado ellas y han dado un puñetazo sobre la mesa diciendo «aquí estamos nosotras». He estado orgullosa en varias ocasiones de los equipos o selecciones cuyos colores he defendido, pero nunca me he emocionado tanto con una victoria.

