Historia de un canalla

Minientrada

Yo entiendo el periodismo como un compromiso. Nos debemos a los lectores, a todas esas personas que cada mañana compran el periódico y confían en que les contemos la verdad de lo que sucede. Pero para eso, los periodistas tenemos que alejarnos del poder, de los que mandan, negarnos a que nos manejen, a defender sus intereses. Si les vendes tu alma entonces ya no eres periodista. Sí, puede que tenga una idea romántica del periodismo, pero ¿sabes?, sigo creyendo que esa idea merece la pena. He conocido a los mejores, a periodistas que se han jugado la vida en busca de la verdad, que no han claudicado, que nunca han traicionado a los lectores. Sin periodismo, no hay democracia, Evelyn, y el mundo sería mucho peor. Tenemos colegas que lo arriesgan todo por esos principios, porque su único compromiso es contar la verdad a la gente. Muchos mueren en el empeño. Sí, hemos perdido a muchos de los nuestros intentando sacar a la luz toda la mierda que hay por el mundo: guerras, armas, drogas, políticos corruptos…

Historia de un canalla, JULIA NAVARRO

I am not Charlie Hebdo

The journalists at Charlie Hebdo are now rightly being celebrated as martyrs on behalf of freedom of expression, but let’s face it: If they had tried to publish their satirical newspaper on any American university campus over the last two decades it wouldn’t have lasted 30 seconds. Student and faculty groups would have accused them of hate speech. The administration would have cut financing and shut them down.

Public reaction to the attack in Paris has revealed that there are a lot of people who are quick to lionize those who offend the views of Islamist terrorists in France but who are a lot less tolerant toward those who offend their own views at home.

Just look at all the people who have overreacted to campus micro-aggressions. The University of Illinois fired a professor who taught the Roman Catholic view on homosexuality. The University of Kansas suspended a professor for writing a harsh tweet against the N.R.A. Vanderbilt University derecognized a Christian group that insisted that it be led by Christians.

Americans may laud Charlie Hebdo for being brave enough to publish cartoons ridiculing the Prophet Muhammad, but, if Ayaan Hirsi Ali is invited to campus, there are often calls to deny her a podium.

So this might be a teachable moment. As we are mortified by the slaughter of those writers and editors in Paris, it’s a good time to come up with a less hypocritical approach to our own controversial figures, provocateurs and satirists.

The first thing to say, I suppose, is that whatever you might have put on your Facebook page yesterday, it is inaccurate for most of us to claim, Je Suis Charlie Hebdo, or I Am Charlie Hebdo. Most of us don’t actually engage in the sort of deliberately offensive humor that that newspaper specializes in.

We might have started out that way. When you are 13, it seems daring and provocative to “épater la bourgeoisie,” to stick a finger in the eye of authority, to ridicule other people’s religious beliefs.

But after a while that seems puerile. Most of us move toward more complicated views of reality and more forgiving views of others. (Ridicule becomes less fun as you become more aware of your own frequent ridiculousness.) Most of us do try to show a modicum of respect for people of different creeds and faiths. We do try to open conversations with listening rather than insult.

Yet, at the same time, most of us know that provocateurs and other outlandish figures serve useful public roles. Satirists and ridiculers expose our weakness and vanity when we are feeling proud. They puncture the self-puffery of the successful. They level social inequality by bringing the mighty low. When they are effective they help us address our foibles communally, since laughter is one of the ultimate bonding experiences.

Moreover, provocateurs and ridiculers expose the stupidity of the fundamentalists. Fundamentalists are people who take everything literally. They are incapable of multiple viewpoints. They are incapable of seeing that while their religion may be worthy of the deepest reverence, it is also true that most religions are kind of weird. Satirists expose those who are incapable of laughing at themselves and teach the rest of us that we probably should.

In short, in thinking about provocateurs and insulters, we want to maintain standards of civility and respect while at the same time allowing room for those creative and challenging folks who are uninhibited by good manners and taste.

If you try to pull off this delicate balance with law, speech codes and banned speakers, you’ll end up with crude censorship and a strangled conversation. It’s almost always wrong to try to suppress speech, erect speech codes and disinvite speakers.

Fortunately, social manners are more malleable and supple than laws and codes. Most societies have successfully maintained standards of civility and respect while keeping open avenues for those who are funny, uncivil and offensive.

In most societies, there’s the adults’ table and there’s the kids’ table. The people who read Le Monde or the establishment organs are at the adults’ table. The jesters, the holy fools and people like Ann Coulter and Bill Maher are at the kids’ table. They’re not granted complete respectability, but they are heard because in their unguided missile manner, they sometimes say necessary things that no one else is saying.

Healthy societies, in other words, don’t suppress speech, but they do grant different standing to different sorts of people. Wise and considerate scholars are heard with high respect. Satirists are heard with bemused semirespect. Racists and anti-Semites are heard through a filter of opprobrium and disrespect. People who want to be heard attentively have to earn it through their conduct.

The massacre at Charlie Hebdo should be an occasion to end speech codes. And it should remind us to be legally tolerant toward offensive voices, even as we are socially discriminating.

(c) New York Times

Coches compartidos

La movilidad está cambiando. Tanto por el avance de las tecnologías que han impulsado al avión como la primera opción a considerar para desplazamientos medios-largos, o el tren que se ha asentado como alternativa de mayor comodidad y menores tiempos de espera en los trayectos medios. Por supuesto, el omnipresente automóvil se mantiene en primera posición, sin dejar de reinventarse en cuanto a accesorios, menores consumos, mayor seguridad para el usuario y haciendo malabares para adaptarse a las cada vez más estrictas medidas de anticontaminación.

Pero el segundo factor a tener en cuenta es la mentalidad de los usuarios. Más allá de las normativas, han tomado conciencia absoluta de a necesidad de hacer uso de un transporte responsable y sostenible, y han inundado las ciudades de bicis (quizás España no sea el mejor ejemplo de ello, pero hasta aquí se está notando). Hacen un mayor uso del transporte público, incluso cuando ello perjudica a la comodidad o rapidez del trayecto, casi siempre que supone un ahorro económico. E incluso el comprador habitual de un vehículo privado ha dejado de fijarse en las potencias o aceleraciones máximas para preguntar en el concesionario por los consumos mínimos o la eficiencia del vehículo.

Entre todas estas novedades, ha surgido el fenómeno del vehículo compartido acompañado, como casi todas las novedades que aparecen hoy en día, por Internet, las redes sociales y nuevos usos que les estamos encontrando. Supone un ahorro económico tanto para el dueño del coche, que hará igualmente el trayecto, como para el «invitado» que pagará bastante menos que al comprar un billete equivalente de tren o de autobús.

Con la cantidad de cosas interesantes que contar al respecto, me pregunto en qué pensaba esta gente para abrir así este artículo:

Los tres pasajeros que Ángel C.R. llevaba en su coche desde Madrid a Valencia una madrugada de noviembre no imaginaban que su chófer era un fugitivo buscado por la justicia. Se habían citado con él a través de una de las web que pone en contacto a conductores y viajeros para compartir gastos, y todo iba bien hasta que llegaron a un control rutinario de la Guardia Civil. En vez de parar, Ángel pisó el acelerador y huyó, convirtiendo la tranquilidad de segundos atrás en una desaforada persecución policial que acabó con la detención del prófugo y un susto de muerte para sus acompañantes. Ángel no tenía carné de conducir y estaba en busca y captura por varios delitos.

Infografías

Tengo la firme convicción de que hoy en día todos tenemos que ser un poco periodistas. Saber expresarnos y comunicar ideas de forma atractiva, visual y también correcta. Por eso me ha gustado tanto este blog, que he conocido gracias al artículo sobre infografías.

De todas ellas, me quedo con estas dos:

Piktochart
La versión gratuita incluye siete de las 115 plantillas que hay disponibles. Todas lucen profesionales, atractivas y tiene la opción de ser modificadas por el usuario.
Las herramientas de edición permiten agregar más gráficos al material, además de formas, textos e imágenes. Puedes exportar la infografía en JPG o PNG.

 

Visual.ly

Ofrece excelentes infografías para agencias, negocios y organizaciones. Tiene una gran cantidad de plantillas para crear gráficos para presentar estadísticas. Visual.ly presentó recientemente una nueva herramienta para transformar la información de  Google Analytics en infografías.

Periodismo deportivo

Mundiales de atletismo en Moscú. Mundiales de natación en Montreal.

Mireia Belmonte hace historia batiendo récords mundiales y consiguiendo más medallas que nadie. Hasta salen a la luz comparaciones con Thorpe y Phelps.
Peeeeero los informativos de deportes en España abren sección con el nuevo pelo amarillo pollo de Sergio Ramos y el amistoso de la Roja contra Ecuador. Y no lo digo yo.
Manda huevos.

El gordo de Navidad

Ayer llamó mi atención uno de estos artículos a cerca de las probabilidades que encierra el gordo de Navidad escritas por «eruditos» de las matemáticas.

Un titular decía que «lo más probable es que el gordo tuviese una cifra repetida». Luego, si te metías en la noticia, te encontrabas con una entrevista increíblemente monótona a un matemático, donde ya se puntualizaba que «es más probable que el Gordo tenga alguna cifra repetida a que tenga todas distintas».Vaya, ya hemos pasado del súper truco de como incrementar las posibilidades de ganar a una frase de las que le gustan a los políticos: parece que dice algo pero está vacía de significado.

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El Gordo es uno de los clásicos de la Navidad en los hogares españoles. Recuerdo cuando era pequeña y me despertaba la mañana del 22, que solía coincidir con el primer o segundo día de las vacaciones del cole, con las vocecillas de los niños de San Ildefonso y mi madre o mi abuela pululando por la casa con el soniquete de fondo. Nunca tocó nada, pero oye, era tradición. Siempre estaba por ahí la ilusión de que tocase algo, sabías que las posibilidades eran ínfimas (a pesar de ser el sorteo con más premios de todo el año), pero el día de antes siempre tenías el interesante tema de conversación de soñar con los pisos y los coches que te comprarías con uno de los premios principales.

Una cosa son los anuncios de la fábrica de sueños que le ha dado por hacer últimamente a Loterías y apuestas del Estado, y otra muy distinta es malmeter la ciencia y la estadística en un terreno en el cual la ilusión y la «magia» de las fechas son las reinas. El país esta mal, y el periodismo está peor, el cual intenta aparentar solidez y rigor soltando gilipolleces como titulares, para cautivar a los que no ven más allá.