Ohrid

Ohrid es el mejor destino de playa que no está en la playa que he visitado nunca. El enorme lago que separa Albania y Macedonia da lugar a un paisaje idílico donde es posible incluso encontrar playas idílicas sin gente en las que disfrutar de un tranquilo baño.

En su día Ohrid tuvo 365 iglesias, una por cada día del año, y se le consideraba el Jerusalem de los Balcanes – además de por el impresionante número de templos por su importancia en la divulgación de la religión por Europa.

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Tirana

Albania es un país que, en el momento más álgido de su fiebre comunista, dejó de lado a Yugoslavia porque no era lo suficiente roja. Se acercó a Rusia y a China, y ante la ausencia de alianzas que le convencieran entre los 60 y los 80 sembró el territorio con 173,371 bunkers (resultando una media de casi 6 por kilómetro cuadrado) ante el miedo de que cualquiera de sus enemigos (el resto del mundo) pudiese atarcarlos, y se inició un periodo de aislamiento que se prolongó bastante más allá de la caída del régimen popular socialista en 1991, ya que los mismos partidos políticos continuaron (y continúan) en el poder.

Hoy en día Tirana es, por un lado, el botón de muestra de toda esta historia del país. Por otro, es una capital europea donde prolifera la cultura, los graffitis y otros movimientos artísticos, la buena cocina y la vida nocturna. Es una ciudad caótica, a veces ininteligible para el turista, pero muy colorida y tremendamente interesante de descubrir. Profesan una admiración sobrenatural tanto por los Mercedes como por los americanos. Y aún hay muchas cosas de las cuales no se puede hablar y que ni si quiera se debe preguntar a los guías turísticos.

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Mostar

Most en serbocroata no significa otra cosa que puente. Y aquí está quizás el más famoso de todos: espectacular desde fuera, y complicado de atravesar desde dentro por lo empinado (sobre todo si vas en sandalias o está el pavimento mojado).

Mostar es un punto muy estratégico de bosnia. El río que lo atraviesa, era la frontera natural entre la parte de mayoría serbia y la parte de mayoría croata que dividían el país. Durante la parte de la guerra en la que parecía que la solución más viable sería que la mitad de ese territorio de nadie que se había quedado ahí en medio se repartiese entre Serbia y Croacia, definir para quién sería la icónica ciudad de Mostar se convirtió en un quebradero de cabeza para todos. Y como de iconos iba la cosa, el Stari Most (puente viejo) que se había mantenido en pie desde el siglo XVI fue volado por los aires a propósito en 1993. Una pérdida más de la larga guerra en la que, finalmente, poco se dio a Croacia o a Serbia, y en su lugar se acabó estableciendo el estado de Bosnia Herzegvina que sigue siendo una mezcla de croatas, serbios y musulmanes.

Obviamente, Mostar no se podía quedar sin su Most favorito, que fue reconstruído en 2001. Hoy en día, Mostar es de nuevo una ciudad de postal. Eso sí, si la visitas en persona deberás pelearte con hordas de turistas y con temperaturas extremas (pocos lo saben, pero es una de las ciudades más calurosas de Europa y en agosto es fácil encontrarse con los 42º).

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Sarajevo

Adentrarte en territorio bosnio desde centroeuropa es atravesar una frontera que va más allá del sello en el pasaporte. Es pisar un terreno donde la guerra aún se siente en las humildes casuchas que surgen a los bordes de la carretera. Frente a la naturaleza brutal y salvaje, es como si las carreteras y resto de construcciones humanas no quisiesen (o no pudiesen) perturbarla.

Sarajevo no olvida que sufrió el sitio más largo de la historia moderna: más de 1.000 días, casi 4 años en los que perecieron más de 12.000 personas y 50.000 fueron heridas (siendo 75% de ellos civiles). Y de nuevo, no es que no quiera sino que tal vez no pueda permitirse restaurar los muchos edificios que se han mantenido en pie a pesar de los proyectiles que lucen sus fachadas. La historia es tan reciente, que tampoco resulta complicado encontrar a jóvenes que te pongan los pelos de punta al contarte como fue su infancia. Con tristeza, pero también con humor, miran al pasado y también al futuro. Se quejan de la OTAN, de la Unión Europea, de la religión minoritaria que regala pasaportes europeos a sus afiliados. Lucen en cada rincón los anillos de unos juegos olímpicos que marcaron los mejores años de la ciudad y, por primera vez en este siglo señalan, ya sin orgullo, el punto exacto donde, pretendiendo tan sólo liberar a Bosnia del imperio austrohúngaro, el asesinato tras dos intentos de Francisco Fernando de Austria dio comienzo la Gran Guerra.

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Praga

Minientrada

Cuanto más pesada sea la carga, más a ras de tierra estará nuestra vida, más real y verdadera será. Por el contrario, la ausencia absoluta de carga hace que el hombre se vuelva más ligero que el aire, vuele hacia lo alto, se distancie de la tierra, de su ser terreno, que sea real sólo a medias y sus movimientos sean tan libres como insignificantes.

La insoportable levedad del ser, Milan KUNDERA.

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San Junipero

El tercer capítulo de la última temporada de Black Mirror, ha vuelto a ser uno de esos que te remueven la conciencia. Dejando un poco de lado el pesimismo de las temporadas anteriores, esta entrega roza la vena sensiblera sin perder los potentes argumentos de ¿ciencia ficción? a las que nos tenían acostumbrados.

Atención Spoilers!

San Junipero es un espacio que sólo existe en la realidad virtual, pero donde everything feels real. Como parte de su terapia, una empresa de asilos de ancianos ofrece a sus residentes la posibilidad de viajar a San Junipero una vez por semana, durante cuatro horas (para que tampoco pierdan el contacto con el mundo real). A este resort «viajan» ancianos de otras ciudades, y uno de los matices más asombrosos es que no lo hacen con sus cuerpos gastados, sino con el que tenían en su juventud, a los 25 años aproximadamente. En esta realidad alternativa se divierten bailando en discotecas con música temática de los 60, 80 y 90, conocen gente nueva, tienen coches descapotables y una casa a pie de playa, y, por qué no, se enamoran. Y a las 00.00, cual Cenicientas, las enfermeras de su residencia les «sacan» de su terapia y vuelven a su cuerpo castigado por los años. Algunos son enfermos terminales, otros incluso están en coma inducido y tienen la actividad cerebral justa para poder visitar San Junípero cada semana. Los otros 6 días de la semana, tienen una vida normal de asilo de ancianos con sus juegos de cartas, lecturas, revisiones médicas y visitas de familiares. Hasta que llegue el sábado siguiente en el que podrán volver a sentirse jóvenes.

La empresa les ofrece una opción más a los veraneantes de San Junípero, que consiste en convertirse en residentes permanentes del resort cuando les llegue el momento de hacer la transición. Es una elección voluntaria, que significa que pasarán el resto de sus días en una realidad que ya conocen, con el cuerpo de su juventud, 24 horas al día y 7 días a la semana. En lugar de la incertidumbre del más allá, ya sea el reencuentro con sus seres queridos o el vacío más absoluto, San Junípero se presenta como una opción segura y más que agradable en la que pasar el resto de la eternidad.

¿Es tan diferente esta idea (exceptuando la parte final de convertirse en residentes permanentes) a otros juegos de realidad virtual? Las actuales generaciones de Millenials, que han crecido como adictos a las plataformas multijugador dónde interaccionas con otras personas, ¿acaso no acogerían encantados la opción de San Junipero en sus días finales? Y, con todo lo que avanza la realidad virtual, ¿sería posible conseguir que estos jugadores sintiesen físicamente las acciones de su personaje? ¿Hasta qué punto es triste la situación de ancianos que se refugian en una realidad alternativa, en unos cuerpos ya inexistentes, o es un consuelo a todo lo que han tenido que sufrir, y una recompensa que les permite seguir disfrutando hasta el final? ¿Elegiría, si tuviese la opción, quedarme en un sitio como San Junípero para siempre, en vez de la salida convencional, con todas sus connotaciones religiosas?

Blasfemias y leyes con trampa

El ataque terrorista a Charlie Hebdo sigue trayendo cola. Más allá del miedo y la indignación iniciales, las marchas solidarias y la defensa de la libertad de expresión, se está aprovechando el tirón para analizar con lupa el islam y la inmigración de musulmanes a países donde la religión mayoritaria es otra.

La lectura de este artículo del New York Times me ha traído a la memoria un debate donde un estudiante musulmán de Egipto nos hablaba a algunos cristianos, varios ateos y aún más agnósticos. En un ambiente multicultural y respetuoso, como grupo nos esforzamos por hacer un ejercicio de escucha y comprensión, aprovechando la oportunidad de que por una vez fuese alguien de mi misma edad y verdaderamente religioso quien explicase desde las costumbres más tradicionales de su día a día hasta algunos de los puntos más conflictivos. Reconozco que esta peculiar sesión me sorprendió gratamente, y me enseñó muchas cosas sobre el islam que no sabía.

A continuación se dio paso a una parte de debate algo más tensa. Hablamos sobre la abierta discriminación a las mujeres, el conflicto que supone que las leyes sociales estén sacadas directamente de la religión y los peligroso que se vuelve cuando son aplicadas en un país donde el castigo es un delito (por poner un ejemplo suave, una mujer islámica que es castigada físicamente por su familia cuando al vivir en Europa decide no vestir con las ropas tradicionales de su país y cubrir su rostro). Entramos entonces en el terreno de las arenas movedizas que suponen las distintas escuelas que se dedican a la interpretación del Corán. Algunas más conservadoras, otras más liberales, pero todas capaces de levantar sus propias normas. Algunas son comunes en todo el islam, pero me sorprendió descubrir que la mayoría de las que se aplican en el día a día dependen de la escuela que sigas. Habitualmente te inscribes en una al nacer (o lo hacen tus padres por ti), y una vez dentro esas normas regirán prácticamente el resto de tu vida, tanto religiosa como social, ya que está muy mal visto cambiar de escuela. No llegamos a tocar abiertamente la yihad – en agradecimiento a la sinceridad de las respuestas de nuestro amigo, no nos pareció adecuado-, aunque no titubeó al decirnos que con todo lo que su religión le había enseñado el consideraba que en general Europa vivía en pecado y necesitaba ser ayudada y mostrada el camino correcto para vivir en paz. Y entre risas añadió que nosotros también, aunque fuésemos ‘buena gente’.

Es curioso como a pesar de que hoy en día, con nuestra visión de libertad, algunas de las acciones derivadas del islam nos parecen auténticas barbaridades, hasta hace realmente poco el cristianismo era más de lo mismo: única religión verdadera, abierta discriminación a las mujeres, castigos físicos (los que por ejemplo recibía una generación anterior por monjas o curas en los colegios día a día). Hay que ir un poco más atrás para encontrar casos de violencia más brutal, situando la Inquisición en la cúspide, o la evangelización de un continente al completo. Se podría decir por tanto que la única diferencia es que en Europa hemos tenido la surte de desligar la religión de la justicia (en España un poco más tarde, que hasta hace 40 años había censura estrechamente vigilada por la Iglesia y arrestos a dedo), y luego la evolución ha seguido en la línea de desligar la religión de la cultura y convertir las sociedades en aconfesionales.

La lógica dice que este paso llegará también en el islam, a medida que el nivel de vida y la seguridad social vayan mejorando. Mientras oriente medio siga en continuo conflicto, tanto interno como externo con las grandes voces mundiales que intentan someterlos y hacerles bailar al son de sus intereses, seguirán apareciendo los extremismos y las interpretaciones más radicales tendrán grandes masas de adeptos.

Mientras se va produciendo ese cambio interno, que en muchos sitios ya ha llegado, es nuestra elección asumir un rol conciliador o castigador. Al final serán Mr. Obama or Ms. Merkel los que marquen la nueva ley, pero somos nosotros los que mañana nos cruzaremos con un musulmán en el metro y elegiremos entre una mirada de odio o una sonrisa. Entre un gesto amable o un insulto. Entre una iniciativa solidaria o la incitación al odio.

Personalmente no traigo ninguna solución, aunque sí un grito de respeto y cordura.