Blasfemias y leyes con trampa

El ataque terrorista a Charlie Hebdo sigue trayendo cola. Más allá del miedo y la indignación iniciales, las marchas solidarias y la defensa de la libertad de expresión, se está aprovechando el tirón para analizar con lupa el islam y la inmigración de musulmanes a países donde la religión mayoritaria es otra.

La lectura de este artículo del New York Times me ha traído a la memoria un debate donde un estudiante musulmán de Egipto nos hablaba a algunos cristianos, varios ateos y aún más agnósticos. En un ambiente multicultural y respetuoso, como grupo nos esforzamos por hacer un ejercicio de escucha y comprensión, aprovechando la oportunidad de que por una vez fuese alguien de mi misma edad y verdaderamente religioso quien explicase desde las costumbres más tradicionales de su día a día hasta algunos de los puntos más conflictivos. Reconozco que esta peculiar sesión me sorprendió gratamente, y me enseñó muchas cosas sobre el islam que no sabía.

A continuación se dio paso a una parte de debate algo más tensa. Hablamos sobre la abierta discriminación a las mujeres, el conflicto que supone que las leyes sociales estén sacadas directamente de la religión y los peligroso que se vuelve cuando son aplicadas en un país donde el castigo es un delito (por poner un ejemplo suave, una mujer islámica que es castigada físicamente por su familia cuando al vivir en Europa decide no vestir con las ropas tradicionales de su país y cubrir su rostro). Entramos entonces en el terreno de las arenas movedizas que suponen las distintas escuelas que se dedican a la interpretación del Corán. Algunas más conservadoras, otras más liberales, pero todas capaces de levantar sus propias normas. Algunas son comunes en todo el islam, pero me sorprendió descubrir que la mayoría de las que se aplican en el día a día dependen de la escuela que sigas. Habitualmente te inscribes en una al nacer (o lo hacen tus padres por ti), y una vez dentro esas normas regirán prácticamente el resto de tu vida, tanto religiosa como social, ya que está muy mal visto cambiar de escuela. No llegamos a tocar abiertamente la yihad – en agradecimiento a la sinceridad de las respuestas de nuestro amigo, no nos pareció adecuado-, aunque no titubeó al decirnos que con todo lo que su religión le había enseñado el consideraba que en general Europa vivía en pecado y necesitaba ser ayudada y mostrada el camino correcto para vivir en paz. Y entre risas añadió que nosotros también, aunque fuésemos ‘buena gente’.

Es curioso como a pesar de que hoy en día, con nuestra visión de libertad, algunas de las acciones derivadas del islam nos parecen auténticas barbaridades, hasta hace realmente poco el cristianismo era más de lo mismo: única religión verdadera, abierta discriminación a las mujeres, castigos físicos (los que por ejemplo recibía una generación anterior por monjas o curas en los colegios día a día). Hay que ir un poco más atrás para encontrar casos de violencia más brutal, situando la Inquisición en la cúspide, o la evangelización de un continente al completo. Se podría decir por tanto que la única diferencia es que en Europa hemos tenido la surte de desligar la religión de la justicia (en España un poco más tarde, que hasta hace 40 años había censura estrechamente vigilada por la Iglesia y arrestos a dedo), y luego la evolución ha seguido en la línea de desligar la religión de la cultura y convertir las sociedades en aconfesionales.

La lógica dice que este paso llegará también en el islam, a medida que el nivel de vida y la seguridad social vayan mejorando. Mientras oriente medio siga en continuo conflicto, tanto interno como externo con las grandes voces mundiales que intentan someterlos y hacerles bailar al son de sus intereses, seguirán apareciendo los extremismos y las interpretaciones más radicales tendrán grandes masas de adeptos.

Mientras se va produciendo ese cambio interno, que en muchos sitios ya ha llegado, es nuestra elección asumir un rol conciliador o castigador. Al final serán Mr. Obama or Ms. Merkel los que marquen la nueva ley, pero somos nosotros los que mañana nos cruzaremos con un musulmán en el metro y elegiremos entre una mirada de odio o una sonrisa. Entre un gesto amable o un insulto. Entre una iniciativa solidaria o la incitación al odio.

Personalmente no traigo ninguna solución, aunque sí un grito de respeto y cordura.