Adentrarte en territorio bosnio desde centroeuropa es atravesar una frontera que va más allá del sello en el pasaporte. Es pisar un terreno donde la guerra aún se siente en las humildes casuchas que surgen a los bordes de la carretera. Frente a la naturaleza brutal y salvaje, es como si las carreteras y resto de construcciones humanas no quisiesen (o no pudiesen) perturbarla.
Sarajevo no olvida que sufrió el sitio más largo de la historia moderna: más de 1.000 días, casi 4 años en los que perecieron más de 12.000 personas y 50.000 fueron heridas (siendo 75% de ellos civiles). Y de nuevo, no es que no quiera sino que tal vez no pueda permitirse restaurar los muchos edificios que se han mantenido en pie a pesar de los proyectiles que lucen sus fachadas. La historia es tan reciente, que tampoco resulta complicado encontrar a jóvenes que te pongan los pelos de punta al contarte como fue su infancia. Con tristeza, pero también con humor, miran al pasado y también al futuro. Se quejan de la OTAN, de la Unión Europea, de la religión minoritaria que regala pasaportes europeos a sus afiliados. Lucen en cada rincón los anillos de unos juegos olímpicos que marcaron los mejores años de la ciudad y, por primera vez en este siglo señalan, ya sin orgullo, el punto exacto donde, pretendiendo tan sólo liberar a Bosnia del imperio austrohúngaro, el asesinato tras dos intentos de Francisco Fernando de Austria dio comienzo la Gran Guerra.



