El tercer capítulo de la última temporada de Black Mirror, ha vuelto a ser uno de esos que te remueven la conciencia. Dejando un poco de lado el pesimismo de las temporadas anteriores, esta entrega roza la vena sensiblera sin perder los potentes argumentos de ¿ciencia ficción? a las que nos tenían acostumbrados.
Atención Spoilers!
San Junipero es un espacio que sólo existe en la realidad virtual, pero donde everything feels real. Como parte de su terapia, una empresa de asilos de ancianos ofrece a sus residentes la posibilidad de viajar a San Junipero una vez por semana, durante cuatro horas (para que tampoco pierdan el contacto con el mundo real). A este resort «viajan» ancianos de otras ciudades, y uno de los matices más asombrosos es que no lo hacen con sus cuerpos gastados, sino con el que tenían en su juventud, a los 25 años aproximadamente. En esta realidad alternativa se divierten bailando en discotecas con música temática de los 60, 80 y 90, conocen gente nueva, tienen coches descapotables y una casa a pie de playa, y, por qué no, se enamoran. Y a las 00.00, cual Cenicientas, las enfermeras de su residencia les «sacan» de su terapia y vuelven a su cuerpo castigado por los años. Algunos son enfermos terminales, otros incluso están en coma inducido y tienen la actividad cerebral justa para poder visitar San Junípero cada semana. Los otros 6 días de la semana, tienen una vida normal de asilo de ancianos con sus juegos de cartas, lecturas, revisiones médicas y visitas de familiares. Hasta que llegue el sábado siguiente en el que podrán volver a sentirse jóvenes.
La empresa les ofrece una opción más a los veraneantes de San Junípero, que consiste en convertirse en residentes permanentes del resort cuando les llegue el momento de hacer la transición. Es una elección voluntaria, que significa que pasarán el resto de sus días en una realidad que ya conocen, con el cuerpo de su juventud, 24 horas al día y 7 días a la semana. En lugar de la incertidumbre del más allá, ya sea el reencuentro con sus seres queridos o el vacío más absoluto, San Junípero se presenta como una opción segura y más que agradable en la que pasar el resto de la eternidad.
¿Es tan diferente esta idea (exceptuando la parte final de convertirse en residentes permanentes) a otros juegos de realidad virtual? Las actuales generaciones de Millenials, que han crecido como adictos a las plataformas multijugador dónde interaccionas con otras personas, ¿acaso no acogerían encantados la opción de San Junipero en sus días finales? Y, con todo lo que avanza la realidad virtual, ¿sería posible conseguir que estos jugadores sintiesen físicamente las acciones de su personaje? ¿Hasta qué punto es triste la situación de ancianos que se refugian en una realidad alternativa, en unos cuerpos ya inexistentes, o es un consuelo a todo lo que han tenido que sufrir, y una recompensa que les permite seguir disfrutando hasta el final? ¿Elegiría, si tuviese la opción, quedarme en un sitio como San Junípero para siempre, en vez de la salida convencional, con todas sus connotaciones religiosas?

