Desde hace una semana, circula por las redes sociales y los whatsapps de los teléfonos móviles madrileños un desagradable vídeo en el que una fiesta de las celebradas en Ciudad Universitaria acaba con un risitas grabando en vídeo a una pareja pasada de rosca y, visto lo visto, a continuación lo difunde hasta el infinito y más allá.
Siempre he dicho que acosadores, violadores y asesinos siempre han existido y existirán, aunque es cierto que con las redes sociales y la gran cantidad de información que ponemos en ellas lo tienen mucho más fácil. Pero lo que me preocupa es la respuesta de la sociedad en conjunto ante un mundo cada vez más conectado. El poder que tiene alguien con un smartphone en sus manos, capaz de guardar para siempre los momentos más felices o también de torturar con los pasajes más oscuros. La curiosidad que impulsa a los demás a cotillear lo que no les concierne, o a reenviar contenidos personales que hasta rozan la ilegalidad aún viendo la inmoralidad de su acción. Pero, ¿hasta dónde? ¿Existe algún límite o acaso vamos a seguir comportándonos así simplemente por el hecho de que podemos?
La comunicación a través de las redes sociales es un cambio sin precedentes. Actúa rápido, de forma imprevisible y se extiende como la pólvora. O aprendemos a controlarlo por las buenas, o nos acabará comiendo a nosotros.