Kosovo es… difícil. Me empeciné en visitarlo como parte de mi ruta immersiva en los balcanes porque, habiendo ya escuchado la historia de muchas de las partes, quería conocer de primera mano la versión kosovar. Qué pasó antes y después de la declaración unilateral de dependencia (qué de moda está esto) de 2008. Cuál es la situación actual del país, y cómo ven ellos que se hable de una «Great Albania» en la que ambos países se reunifiquen. Cómo se ve allí que Serbia y España sean los dos únicos países de la UE que no reconozcan su existencia. Sabía que entrar y salir de Kosovo sería problemático: un sello en mi pasaporte no siempre reconocido, un extraño desvío en nuestra ruta con mucho tiempo muerto debido a que no desde cualquier país se es bienvenido y una oferta turística casi inexistente en comparación con otros destinos de la zona. No obstante, la enorme curiosidad nos hizo imprescindible incluir en nuestra ruta a Prishtina, su capital.
Tras pasar 2 días en Prishtina, me entristeció enormemente que me sobrase día y medio y que a pesar de todos mis esfuerzos apenas ninguna de las preguntas que me planteada empezó si quiera a ser respondida. Visité el Museo Etnológico (una casa típica del siglo XVIII – XIX), el Museo Nacional de Kosovo (una sala con restos arqueológicos de la zona), el Museo Nacional de Arte (una sala con 4 piezas de arte moderno), la Biblioteca Nacional (cerrada) y las 3 principales mezquitas de la ciudad (cerradas). En ninguno de ellos encontramos información disponible, y aunque en todos los abiertos había algún tipo de vigilante que hablaba un inglés aceptable, nadie parecía tener ganas de hablar con nosotros. Tampoco encontramos ningún tour, ni gratis ni pagando. Y al preguntar en nuestro hostal por sitios que visitar y un restaurante donde comer, nos indicaron un sitio de comida rápida donde vendían hamburguesas. Del tiempo que nos sobró, pasé una mañana en una cafetería frente al parlamento, viendo a los responsables del país entrar y salir. Todos tan trajeados y sonrientes, al más puro estilo americano, qué gran contraste con la visión del resto de la capital donde predominan la precariedad y los locales abandonados…
No es tarea sencilla por tanto llegar a Prishtina como turista. Tuve en todo momento la sensación de ser una persona non-grata. En Kosovo no se visitan sitios, no se hacen preguntas, no hay ni orgullo ni vergüenza: sólo encontré indiferencia. Es un país independiente según la ONU, pero donde las banderas de Estados Unidos y Albania ondean siniestramente en cada edificio oficial. ¿Volvería a Kosovo si volviese a tener la oportunidad? Sí, probablemente no podría resistir la curiosidad de verlo con mis ojos e intentar descifrar de nuevo el gran enigma de su existencia. ¿Hubiesen estado mejor invertidos esos días en otros puntos de Albania, Macedonia o Serbia? Sí, probablemente.





