En Estados Unidos la Constitución garantiza el derecho a buscar la felicidad, lo cual sería una presunción bochornosa en cualquier otro sitio. Este pueblo también cree tener derecho a estar siempre entretenido y si cualquiera de estos derechos le falla se siente frustrado. El resto del mundo en cambio, cuenta con que la vida es por lo general dura y aburrida, de modo que celebra mucho los chispazos de alegría y las diversiones, por modestas que sean, cuando éstas se presentan.
Mi país inventado, Isabel Allende.
Derecho a la felicidad y al entretenimiento; no sé si el concepto me produce risa o envidia. Que este sea un derecho, de entrada da a entender que se trata de una sociedad desarrollada, con un alto nivel económico, cuyas necesidades básicas están perfectamente cubiertas y el punto de mira se ha trasladado al siguiente escalón de la pirámide.
Aunque no llegue a aparecer en nuestra constitución, el consumismo americano se ha extendido inevitablemente por Europa, y cada vez nos creemos con más derecho al ocio y al entretenimiento. ¿Existe de verdad ese salto con respecto a la sociedad americana donde celebramos los buenos momentos en vez de exigirlos? Quiero pensar que sí, y que el consumismo que nos afecta aún no se ha convertido en algo crónico. Me alivia observar conductas en las cuales la historia y la cultura han calado hondo, y hay resquicios de felicidad que no han sido invadidos por el poder y el dólar: tardes al sol con los amigos, desconectar en el pueblo perdido en medio de la nada en los veranos, disfrutar del arte y la belleza del paisaje. También es un consuelo observar que, frente al consumismo predominante, en ocasiones se despierta una actitud crítica que lucha por devolver el valor a las personas y a los momentos, y quitárselo a las cosas. Aún se enciende alguna alarma ante los gastos innecesarios y el derroche, y se ensalza el sentido común, la sostenibilidad, el saber conformarse (que nada tiene que ver con el ‘conformismo’, que ha adquirido últimamente un significado de lo más periorativo).
Los derechos que promulga la constitución americana son muy bonitos y nobles cuando las cosas van bien. Pero si nos acostumbramos a aferrarnos a ellos como sinónimo de felicidad corremos el riesgo de volvernos totalmente desdichados cuando el entretenimiento se eclipse debido a momentos de vacas flacas, y perder de vista el sentido del día a día, tanto propio como ajeno.